Una sola radio, una sola misión

¿Quién dijo que decir Adiós es fácil?

 

Perder un ser amado representa el trago más amargo que bebemos en la vida, es como ese trago de hiel y vinagre que le dieron a Cristo, por así decirlo. Él padeció más que nadie y llegó a su meta, con todo ese dolor logró redimir nuestros pecados. No obstante, nosotros somos humanos y eso nos hace frágiles ante los designios de Dios, sobre todo, cuando se trata de perder, y perder en todo sentido. Sin embargo, perdemos no sólo cosas materiales sino seres de nuestra vida, de nuestra alma y corazón.

Hablando desde términos psicológicos los seres humanos pasamos por cinco tipos de pérdidas, a lo largo de nuestras vidas, quizá no todos pasemos por todas aun así las pondré en tema el día de hoy, esperando que lago bueno pueda salir de aquí y nos ayude en poder enfrentar nuestro duelo ante estos momentos a veces ineludibles que nos da la vida, nosotros mismos o por voluntad de Dios.

Para empezar, hablaré de las pérdidas ligadas al desarrollo personal, por este tipo de pérdida hablamos de dejar atrás las diferentes etapas que pasamos en la vida: la infancia, la adolescencia, juventud, adultez, vejez… Es algo inevitable, crecemos, pero a veces vivimos añorando ser lo que antes fuimos, regresar a esa etapa donde todo era quietud, libertad, diversión, todo era juego, era fiesta y amigos, era amor, era salud y agilidad, algo que fuimos alguna vez y nos gustaría volver a vivir de nuevo. Pero debemos entender que el tiempo camina para adelante y nosotros con él, jamás podremos ir a ese día en que hicimos tal cosa siendo niños o jóvenes, qué se yo… es una pérdida que afrontamos biológicamente, y sólo por serlo nos toca disfrutar cada momento de nuestra vida para que cada una de esas etapas que vamos perdiendo sean un maravilloso recuerdo y podamos vivirlo de nuevo al menos en nuestra mente y no sufrir por dejar esa etapa atrás.

Extraviar de objetos externos a nosotros, cosas materiales, algo que no está directamente ligado a nuestro ser pero que si forma parte de nuestra vida, como lo es: el trabajo, la situación económica e inclusive objetos y pertenencias. Estamos tan apegados a veces a las cosas materiales que nos duele la pérdida de algún objeto, nos aferramos a las cosas del mundo cuando ni siquiera nosotros somos del mundo, tener más que otro y lamentar perder eso que atesoramos no nos dignifica como seres humanos, deja ir las cosas, a fin de cuenta son eso, cosas.  Ya tendrás la oportunidad de reponer lo que perdiste, si así lo quiere Dios, es lo bueno de las cosas materiales, ya encontrarás un nuevo, y quizá mejor, empleo, recuerda que nada pasa sin que Nuestro Padre amoroso esté viendo por el bien de nosotros.

La falta de salud, o una parte de nuestro cuerpo y hablo no únicamente de partes físicas sino también de capacidades sensoriales, motoras, de conocimiento e incluso psicológicas como son la autoestima, los valores, ideales e ilusiones, perder el amor propio, quizá uno de los quebrantos más grandes y difícil de superar. Muchas veces este tipo de pérdidas de salud nos llevan a disipar algo más; mantengamos una actitud positiva ante estas cosas que pasan en nuestra vida, recordemos que somos más que un simple cuerpo, que somos seres espirituales, démosle el valor a él y no a la parte corpórea que sólo es algo terrenal y como tal se quedará aquí, en cambio el espíritu trasciende para gloria de Dios.

Pérdidas emocionales; aquí hablaré de perder personas, cómo fue que inicié este pequeño artículo, las pérdidas de seres queridos representa algo de lo más doloroso que puede haber y esta forma de perderlos es muy complicado de superar, quizá incluso, más que superar la muerte, porque hablando de la muerte y el duelo que se pasa, sin duda arduo y muy doloroso, aún así eres consiente de que esa persona jamás volverá y llega la resignación, pero perder a una persona que sigue ahí, que incluso tendrás que ver por alguna razón que los una (el caso de matrimonios disueltos y con hijo) es duro, es como una herida que no se deja sanar, apenas se está haciendo la costra cuando llega otra vez el día de ver a ese ser; ahora fuera de tu vida, lejano y ajeno a ti y tus sentimientos hacia él, y antes cercano y amoroso; y esa costra se cae y la herida sigue... Perder sin perder del todo es un sufrimiento constante pero no perpetuo, porque un día aprenderás a vivir del modo que corresponde a cada uno, en su individualidad.

Son los procesos que llevamos siempre en cualquier duelo; la no aceptación, el dolor, el sufrimiento, pero después llega la aceptación. Lo mismo con los amigos, familiares, etcétera, personas que van y vienen, hacen algo importante en nuestras vidas o nosotros en las de ellos, algunos permanecen otros se van. Dios nos dio esa libertad de elegir, pero siempre hay que elegir lo que sea más grato a los ojos de Él y tratando de no lastimar a los demás con nuestras decisiones.

Pérdida de vida; tanto de seres queridos como la idea o pronostico de la muerte propia. Este tema siempre será algo duro y sumamente doloroso, porque es la única merma que, como dicen “no tiene remedio”, ante algunas de las otras pérdidas siempre queda la opción de luchar, de hacer algo por recuperar lo que perdimos, el trabajo, los amigos, la pareja, la dignidad y amor propio, pero ante la muerte, ¿qué podemos hacer?

Todo en la vida es cíclico, es decir, tiene un principio y un fin. Debemos ser conscientes es esto, saber afrontar responsablemente nuestro dolor, emerger de nuestras cenizas, desde nuestro duelo y dejar que Nuestro Señor nos lleve por donde nos ha trazado el camino, con lo que es para nosotros y lo que no es, dejarlo ir, si eso es para gloria de Él, no aferrarnos a algo que ya no está. Dios es amor, es sanador y Nuestro Padre. Vino al mundo para redimirnos con su sufrimiento, quién más podría darnos consuelo ante las difíciles situaciones que tiene la vida sino Él, que dio inclusive la vida por amor a nosotros.

Somos seres finitos, sabemos cuando llegamos, pero no cuando nos iremos, estemos preparados para cuando eso suceda, que nuestra vida sea algo que podamos agradecer a la hora de partir y no un temor. Nos vamos, se van y nos queda ese hueco en nuestras vidas, en nuestras casa o vida rutinaria, pero confiemos en Dios y su promesa de que un día volveremos a estar con quien se nos ha adelantado en el camino. Algunas personas, momentos e incluso objetos sólo son para crecer como persona y para gloria de Dios y no para permanecer siempre a nuestro lado. Creamos en Él que todo lo sabe y todo lo puede. Dejemos la vida en sus manos.

 Carmen Ortíz 

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