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MENSAJE DEL DIRECTOR

 

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Pbro. Jorge Luna Casillas

   

 

            La tarea específica del cristiano, inserto en la iglesia, es la de ser signo de la presencia de Dios en el mundo y de hacer nacer en los otros la exigencia de establecer la misma relación con Jesús.  El verbo matheteuein significa algo distinto y más que el simple <amaestrar>. Se trata de vivir – gestos de acuerdo con las palabras de tal manera que suscite en los otros el deseo de realizar la misma experiencia.  Es verdad que el discípulo no puede estar en todas partes. Su vida se pone a disposición de todos. Cuanto más se inserta uno auténticamente en un ambiente, en un territorio, aunque sea minúsculo, más supera su mensaje esos confines y adquiere un alcance universal. No es posible, ni necesario, llegar a todo y alcanzar a todos.  Si nuestra vida, iluminada y transformada por la presencia del Resucitado, toca a alguno, por este mismo hecho se hace significativa en relación a la humanidad entera. No es cuestión de multiplicar los viajes o las actividades. Sino de dar intensidad y transparencia evangélica a la propia existencia.

A propósito de la extensión del círculo de los discípulos más allá de los confines de todas las naciones. Dos elementos: bautismo y enseñanza. El bautismo se confiere en un momento único, determinado. Pero la enseñanza,  o sea, la penetración de la palabra debe acompañar todo el camino de los bautizados. Jamás puede considerarse terminado. Y nadie, en ninguna edad, puede considerarse dispensado. En una palabra jamás se termina de ser discípulos.

 

            Más allá de todo lo dicho, emerge en los textos litúrgicos de hoy la imagen del Cristo Señor del universo y de la historia.  La realidad de la entronización de Cristo glorioso a la derecha del Padre, tal como la describe Pablo en la Carta a los efesios (segunda lectura), debe alimentar y sostener la esperanza de la Iglesia entera y de cada uno de los creyentes en la maraña, en las contradicciones y en las opacidades de las vicisitudes terrenas.

 

            En verdad que el señorío del Resucitado, que gracias al Espíritu se extiende en la historia de los hombres mucho más que en tiempo de la presencia física de Jesús de Nazaret, no es evidente ni reconocido por todos.  El creyente puede ceder a la impaciencia, o dejarse paralizar por la duda  hoy algunos vacilaban. Es necesario ir a buscar a los otros. Y descubrir, juntos, en un punto cualquiera del mundo, no el lugar donde Jesús fue ascendido al cielo, sino el lugar, la persona, el rostro, donde él está presente en la tierra, en la Eucaristía, en el hermano.

 

       

 

 

EVANGELIO DEL DÍA

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