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MENSAJE DEL DIRECTOR.

SEXTO DOMINGO DE PASCUA

 

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

 

El “deber” de amar.

            En el Evangelio de este domingo nos encontramos con una afirmación, repetida dos veces, que debemos entender bien. Jesús dice a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mí amor”.

            Para San Agustín el amor es el objeto del propio placer, en el que sabe que encontrará el propio descanso. En este sentido es por lo que el amor es un mandamiento. Él, Jesucristo, es más, consigue hacer que alguien haga lo que ninguna ley externa y escrita estaría en disposición de incitar a hacer; esto es, dar la vida por alguien. Si nosotros somos atraídos espontáneamente por el bien y por la verdad, que es Dios, para evitar equivocar el blanco, de tender en este mundo, de tender hacia los bienes falsos y así perder el Sumo Bien. Al igual como una pequeña navecilla espacial, dirigida hacia el sol, deberá seguir ciertas reglas para no caer dentro de la esfera de gravedad de cualquier otro planeta o satélite intermedio, equivocando la propia trayectoria, así también nosotros en el tender hacia Dios. Los mandamientos de Dios nos ayudan a esto. Son para nuestro bien, no para el de Dios.

 El amor tiene necesidad de tener como perspectiva la eternidad; si no, no es más que una broma, un amable malentendido, porque el hombre, que ama verdaderamente, quiere amar para siempre. De aquí se sigue que el hombre está llamado por Dios para que participe de su Amor y sea imagen fiel de este Amor, a partir del bautismo que configura con el Padre por su Hijo Jesucristo y con el sello imborrable del Espíritu Santo, los cristianos deberán de llenarse de amor que es luz, belleza radiante y comunicativa. Amor que es servicio generoso e incondicional, que abarca a los cercanos y a los alejados; a los que nos aman como nosotros los amamos…incluso amar sin fronteras ofrendándose como Cristo en la plenitud de su entrega en la pasión y en la cruz, acogiendo y perdonando a quienes nos persiguen y ofenden. Todo esto es posible con la gracia de su gloriosa resurrección.

Siempre en la vida cristiana hay por medio una Alianza. Dios ha hecho su pacto con nosotros en la sangre de Jesucristo. Permanecer es ser fieles a esa Alianza. El Señor nos lo explica con toda sencillez: "Si guardan mis mandamientos, permanezcan en mi amor". No hay que calentarse mucho la cabeza. No es necesario filosofar demasiado. Sencillamente: permanecer es cumplir los mandatos del Señor; practicar lo que Jesús nos enseña, hacer la voluntad de Dios… amarle y amarnos.

 

 

EVANGELIO DEL DÍA

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