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MENSAJE DEL DIRECTOR

XIX domingo Ordinario

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

Yo soy el pan de vida

 

El elemento nuevo y la nota dominante del fragmento de hoy tiene algo que ver con el pan.  Hasta cinco veces se recurre a esta palabra.

“Yo soy el pan de la vida. Nuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

No se puede hablar de Eucaristía sin pronunciar nunca la palabra transubstanciación, con la que la Iglesia ha expresado su fe. ¿Qué quiere decir transubstanciación? Quiere decir que en el momento de la consagración el pan termina de ser pan y llega a ser cuerpo de Cristo; la sustancia del pan, esto es, la realidad profunda, que se percibe, no con los ojos, sino con la mente, cede el puesto a la sustancia o mejor a la persona divina, que es el Cristo resucitado y vivo, incluso si las apariencias externas (en el lenguaje teológico, “los accidentes”) permanecen las del pan.

Para entender transubstanciación pidamos ayuda a una palabra emparentada con ella y que nos resulta más familiar, la palabra transformación. Transformación significa pasar de una forma a otra, transubstanciación pasar de una sustancia a otra. En la Eucaristía  cambia la sustancia; pero no las apariencias.  El pan vienen transubstanciado, pero no transformado; las apariencias, en efecto; (la forma; el sabor, el color, el peso) permanecen las de antes, mientras que ha cambiado la realidad profunda, que ha llegado a ser el cuerpo  de Cristo.  Se ha realizado la promesa de Jesús oída al inicio: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

La Eucaristía, como se ve, recapitula y unifica todas las cosas. Reconcilia en Sí Misma a la materia y al espíritu, a la naturaleza y a la gracia, a lo sagrado y a lo profano.  A la luz de la Eucaristía, ya no tiene más sentido la contraposición entre mundo laico y mundo católico, que tanto empobrece a nuestra cultura, haciéndola “aparte”.  La Eucaristía es el más sagrado y, al mismo tiempo, el más laico de los sacramentos.

A partir de este momento las palabras de Jesús empiezan a referirse al pan eucarístico y añaden un nuevo sentido a cuanto ha dicho sobre el “pan de vida”. Jesús es el “pan de vida”; él mismo y no otra cosa se da a cuantos le escuchan en cada una de sus palabras. Pero Jesús se ofrece también como don inapreciable a todos los que reciben su cuerpo que él entrega hasta la muerte para la vida del mundo. Son estas dos presencias distintas, pero no menos verdadera la primera que la segunda. El Cuerpo de Cristo es pan que da la vida cuando se come discerniendo su significado y comprometiéndose en el sacrificio de Cristo. Comulgar con Cristo es siempre comulgar con su misión salvadora, es recibir un cuerpo que se hace pedazos en la cruz para que todos vivan abundantemente, es incorporarse en esta entrega de Jesús hasta la muerte para resucitar con él.

Todo esto se expresa en el símbolo del pan de vida de una forma visible para el creyente. Si creer es ya recibir a Cristo, es ya comer, como decía san Agustín, comulgar es siempre creer y escuchar lo que Jesús nos dice. La Palabra y el Sacramento son dos formas en las que nos sale Dios al encuentro en su enviado.

 

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