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MENSAJE DEL DIRECTOR

Domingo de Ramos

Pbro. Jorge A Luna Casillas

En la procesión del Domingo de Ramos nos unimos a la muchedumbre de discípulos que, con alegría festiva, acompañan al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, alabamos al Señor alzando la voz por todos los prodigios que hemos visto. Sí, también nosotros hemos visto y seguimos viendo los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de la propia vida para ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da valor a hombres y mujeres para oponerse a la violencia y a la mentira y dejar espacio en el mundo a la verdad; cómo, en lo secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad.

 La procesión es ante todo un gozoso testimonio que ofrecemos de Jesucristo, por quien se nos ha hecho visible el Rostro de Dios, y por quien el corazón de Dios se abre a todos nosotros. Así queda claro lo que significa para nosotros el seguimiento y su verdadera esencia: se trata de un cambio interior de la existencia. Exige que ya no me cierre en mi yo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida. Exige entregarme libremente al Otro por la verdad, por el amor, por Dios, que en Jesucristo, me precede y me muestra el camino. Se trata de la decisión fundamental de dejar de considerar la utilidad, la ganancia, la carrera y el éxito como el objetivo último de mi vida, para reconocer sin embargo como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata de optar entre vivir sólo para mí o entregarme a lo más grande. Hay que tener en cuenta que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han convertido en una Persona. Al seguirle a Él, me pongo al servicio de la verdad y del amor. Al perderme, vuelvo a encontrarme. qué importante es precisamente esto hoy: no hay que dejarse llevar de un lado para otro en la vida; no hay que contentarse con lo que todos piensan, dicen y hacen. Hay que escrutar y buscar a Dios. No hay que dejar que la pregunta por Dios se disuelva en nuestras almas, el deseo de lo más grande, el deseo de conocerle a Él, su Rostro… si caminamos con Jesús, subimos y experimentamos las purificaciones que nos llevan verdaderamente a esa altura a la que el hombre está destinado: la amistad con el mismo Dios.  Con la cruz, Jesús ha abierto de par en par la puerta de Dios, la puerta entre Dios y los hombres. Ahora está abierta. Pero el Señor también toca desde el otro lado con su cruz: toca a las puertas del mundo, a las puertas de nuestros corazones, que con tanta frecuencia y en tan elevado número están cerradas para Dios. Y nos habla más o menos de este modo: si las pruebas que Dios en la creación te da de su existencia no lograr abrirte a Él; si la palabra de la Escritura y el mensaje de la Iglesia te dejan indiferente, entonces, mírame a mí, que soy tu Señor y tu Dios.

 Este es el llamamiento que en esta hora dejarnos penetrar en nuestro corazón. Que el Señor nos ayude a abrir la puerta del corazón, la puerta del mundo, para que Él, el Dios viviente, pueda venir en su Hijo a nuestro tiempo, llegar a nuestra vida. Amén. 

EVANGELIO DEL DÍA

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