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MENSAJE DEL DIRECTOR

  

DECIMOQUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

Sembrar en la esperanza.

 

        Me perdonarán los lectores, pero hoy no tengo más remedio que hablar en primera persona. La liturgia me interpela en el doble papel de predicador y oyente de la palabra. Por otra parte, son dos dimensiones que jamás logro separar, y por supuesto ni lo intento. Así pues, yo sembrador. Y, al mismo tiempo terreno. Anunciador del mensaje. Y, a la vez, destinatario.

        Yo, hombre de la Palabra, debo ser un hombre de esperanza. Sólo se puede sembrar en la esperanza.  Si me convierto en hombre de la regañina, del lamento, de las recriminaciones, de la desilusión, del cansancio, de la desconfianza, quiere decir que aún no he entendido mi oficio. Que no es el de segar sino el de sembrar. Y sembrar con abundancia, generosidad, sin cálculos mezquinos, sin exclusiones perjudiciales.  Debo sentirme atraído también por las piedras, no tener miedo a desollarme los pies caminando por terrenos ingratos.

Es necesario que caiga en la cuenta de que no tengo derecho a seleccionar  los terrenos y decir, de antemano, cuál es el bueno, el receptivo, el merecedor, el que ofrece perspectivas alentadoras.  Tengo la impresión de que ciertos mensajeros de la Palabra están ya descontentos, insatisfechos a priori. Lo absurdo está precisamente en esto: estar desilusionados de antemano. Hermano amenazado, como yo, de desánimo, déjame decirte con simplicidad: intentemos sembrar, no consolarnos al recolectar. La semilla es la que debe llenarnos de consuelo y colmarnos de alegría.

Finalmente me atrevería  a afirmar: se nos permite estar satisfechos cuando tenemos conciencia de haber malgastado la semilla por el camino, en medio de rocas (antes de estar en disposición de mover las montañas, la fe debería sembrarse en la roca…), en la maraña de las espinas. Satisfechos porque no podemos saber cuál es el terreno bueno, cuáles las circunstancias favorables, el tiempo justo. Cuánta serenidad tendríamos si nos sintiéramos animados por el cansancio, por la paciencia, por la soledad, por los números que nos fastidian, por las cuentas que no salen, por las estadísticas deprimentes, por la ausencia de signos positivos, por las previsiones inciertas, por la sensación de que todo es inútil.

 

 

        De qué paz inalterable de corazón gozaríamos si lográsemos dejarnos tranquilizar por la única perspectiva entusiasmante: la necesidad de volver a comenzar siempre desde el principio. 

EVANGELIO DEL DÍA

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