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MENSAJE DEL DIRECTOR

 

XI domingo ordinario

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

El ciclo del grano comporta tres fases; la siembra, el crecimiento y la siega.  Todas las tres fases vienen recordadas en la parábola, que hemos escuchado, para hablarnos del Reino de Dios.

Detengámonos, ahora, en la fase de la siega.  Ella es asimismo la que corresponde a la estación que estamos viviendo, “Junio, la hoz en un puño”, dice el refrán ciudadano. Que representa la siega en el plano espiritual, nos lo dice Jesús mismo comentando la parábola del grano y de la cizaña:

 

“La siega es el fin del mundo…”

La siega indica, por lo tanto, el acto conclusivo de la historia; el juicio final. La liturgia de este domingo orienta nuestra reflexión  precisamente en esta dirección.

Lo más importante del juicio no es el “¡Apartaos de mí, malditos!”, sino el “Venid, benditos de mi  Padre” (Mateo 25, 34).  La verdad del juicio final está hecha para animar, no para asustar, “Entonces, los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre” (Mateo 13, 43), nos ha dicho Jesús.  La imagen misma de la siega, como la semejante de la vendimia no sugiere tristeza y miedo sino al contrario alegría, fiesta.  En todo caso, esta vez, nosotros sigamos esta pista exclusivamente positiva.  Quizás consigamos reconciliarnos con esta verdad de fe y, es más, hacerla resplandecer como antorcha dentro de nosotros.

 

Hay dos deseos humanos que por naturaleza no se agotan nunca: el conocimiento y el amor.  Nosotros nos podemos cansar de una cosa que conocemos; pero, no de conocer; nos podemos cansarnos de una persona, que amamos; pero, no de amar.  Acá abajo, cuando nos cansamos  de una cosa, nos dirigimos a otra, y, después, a otra (hay personas que a este paso coleccionan en la vida un matrimonio después de otro, encontrándose cada vez más insatisfechas y vacías que antes).  Pero, supongamos que haya un ser, que incluya en sí mismo toda la verdad que hay para conocer y todo el amor que se pueda desear: ¿no habrá en este caso una felicidad eterna sin cansancio alguno?  Este “ser” existe: es Dios. En el momento de la alegría más intensa y de la vida más plena ¿quién no pondría la firma si se le propusiese hacer eterno este instante? ¿Tendría quizás miedo de aburrirse? El pensamiento ni siquiera lo deshoja.  La vida eterna es precisamente esto: ¡Un instante eterno!

 

EVANGELIO DEL DÍA

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