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MENSAJE DEL DIRECTOR

 

Pentecostés

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

         Los Hechos de los apóstoles nos describen así el acontecimiento de Pentecostés. Ante todo, son signos externos. Primero, un signo perceptible al oído: De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban; a continuación, un segundo signo perceptible a la vista: vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno; y finalmente, la realidad que no se ve, pero que es la finalidad de todo:

“Se llenaron todos de Espíritu Santo”.

¿Qué quiere decir que “se llenaron todos de Espíritu Santo”? ¿Qué experimentaron en aquel momento los  Apóstoles? Hicieron una experiencia apasionante del amor de Dios; se sintieron inundados de amor, como por un océano. Nos lo asegura san Pablo cuando dice que “el amor de Dios ha sido derramando en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”.  Todos los que han tenido una experiencia fuerte del espíritu Santo están de acuerdo al afirmar esto:  El primer efecto, que produce el Espíritu Santo, cuando viene sobre una persona es hacerla sentirse amada por Dios con un amor muy tierno, infinito.  Todo lo demás (el perdón de los pecados, la gracia, las virtudes teologales) está contenido en este amor.  Se vuelve a abrir la comunicación entre Dios y el hombre; es como un nuevo inicio de todo.

En Pentecostés, los apóstoles proclaman, por el contrario, “las maravillas de Dios”.  No piensan en hacerse famosos, sino en hacerle a Dios; no buscan su afirmación personal, sino la de Dios.  Por esto, todos les comprenden.  Dios ha vuelto a estar en el centro; a la voluntad de poder se ha sustituido la voluntad de servicio; a la ley del egoísmo se ha sustituido la del amor. En esto está contenido un mensaje de vital importancia para el mundo de hoy.  Vivimos en la era de las comunicaciones de masa.  Los así llamados “medios de comunicación” son los grandes protagonistas del momento.  Hasta ya se habla de comunicación global, esto es, sin más límites, en la que cada uno podrá comunicarse con todos. Volver a descubrir el sentido del Pentecostés cristiano puede salvar a nuestra sociedad moderna del ahondarse siempre más en una Babel de las lenguas.  En efecto, el Espíritu Santo introduce en la comunicación humana el modo y la ley de la comunicación divina, que es la piedad y el amor. ¿Por qué Dios se comunica con los hombres, se revela, se entretiene y habla con ellos, a lo largo de toda la historia de la salvación? Sólo por amor; ya que el bien es por naturaleza “comunicativo”.  En la medida en que es aceptado, el Espíritu Santo vuelve a sanar las aguas contaminadas de la comunicación humana, las hace un auténtico instrumento de enriquecimiento, de compartir y de solidaridad, se es Pentecostés si afirmamos igualmente al otro y sobre todo a Dios.  Hay oscuridad allí donde hay egoísmo y manipulación del otro; Pentecostés  donde hay amor y respeto.

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