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MENSAJE DEL DIRECTOR

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

            Los ingenieros y los arquitectos cuando planean levantar un edificio, deben calcular su altura y su peso, y de acuerdo con esto preparar los cimientos, tan profundos como sea necesario. Sólo de esta manera se puede asegurar la fortaleza de la construcción.  Si no se tiene esta previsión, al menor movimiento del suelo, todo se convierte en ruinas y desgracia. El maestro, Cristo, queriendo que nosotros construyamos el edificio de nuestra salvación, a través de las tentaciones, nos muestra que la solidez de la construcción está dependiendo de la aceptación de la providencia ordinaria de Dios.  Esa providencia ordinaria de Dios que implica para cada uno de nosotros el pasar airosos de la prueba, la oración  constante, el servicio humilde de nuestra vida diaria y el cumplimiento de las virtudes sociales. Jesús, el hijo de Dios, hermano nuestro por tener una naturaleza humana igual a la nuestra, Redentor por amor, Pontífice por llamamiento especial de Dios para nuestra salvación, permite ser tentado por el diablo, para ser nuestro ejemplo y para socorrer a los que son tentados. Por eso vemos en el Evangelio de hoy, cómo el diablo busca en Cristo que tiene hambre, una fisura, una debilidad para meter la espada de la tentación y acabarlo.

            Cuando el diablo le habla a Jesús en esta tentación, se está oyendo lo que nos dice a nosotros : No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.  Antes que la satisfacción de las necesidades corporales, está la satisfacción de las necesidades espirituales, que a toda costa debemos obtener.  La plenitud de esa enseñanza la tenemos cuando Jesús nos dice después: “Busquen primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura.  Nuestra preocupación primera ha de ser la de vivir santamente y la de realizar aquí en la tierra la voluntad de Dios.  El sabe bien que las necesidades que tenemos las remediará, si nosotros nos preocupamos de vivir santamente.  Si Él nos ha dado la vida y el cuerpo, nos dará también oportunamente lo que es menos, el alimentos y la ropa.  El alimenta a los pájaros del cielo y viste a las flores del campo.

 

            Jesús es transportado a la parte más alta del tiempo, debajo de los muros hay una hondonada por donde pasa el camino que llega de Damasco. Es allí donde continúa el duelo. Aquí el diablo pretende que Jesús comience su misión de una manera extraordinaria,  llamando poderosamente la atención.  Le está significando: confía en ti mismo.  Dios está obligado a cuidarte.  El diablo pretende divertir y pervertir.  En forma semejante había logrado engañar a Eva, cuando le dice: El día en que comieren de ese árbol, serán como dioses. Conocerán el bien y el mal.  El diablo pretende que el hombre se busque a sí mismo, que busque el triunfo, al margen de la voluntad de Dios. El triunfo fácil en esta vida es peligroso.  El camino ordinario de Dios es la vida de trabajo y la vida de familia, que hemos de santificar.  Recordemos que más vida de familia y de trabajo, Jesús nos la enseñó durante treinta años. Así pues, los cimientos sólidos de nuestra salvación consisten en la aceptación de la providencia ordinaria de Dios: Pasamos airosos la prueba, la oración dominical de la Misa, el servicio humilde de nuestra vida de trabajo, nuestra vida de familia, y el cumplimiento de nuestros deberes sociales.

 

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