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MENSAJE DEL DIRECTOR.

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

 

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

El Domingo nace con la resurrección de Cristo.

 

Jesús resucitó “pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana”.  Aquel mismo día, hacia la tarde, se aparece a los discípulos, reunidos en el cenáculo, y les procura su Espíritu y su paz.  Este día para los cristianos tomó el nombre del “día del Señor” y, dado que en latín “Señor” se dice Dominus, el día del Señor (dies Dominica) se llamó Domingo.

 

Santificar el Domingo significa tres cosas: hacer de él un día para Dios, un día para sí mismos y un día para el prójimo.  El Domingo ha de ser, ante todo, un día para el Señor.  Imaginemos en alta mar a unos pescadores sobre una barca o a unos navegantes sobre una nave.   Durante horas y horas han estado atentos a las redes y a la pesca o a la navegación sin prestar atención a ninguna otra cosa.  Llega el momento en que es necesario volver a tomar en mano el timón de la barca, consultar la carta náutica, ver si se está o no en a ruta justa.  De lo contrario, existiría el riesgo de terminar contra cualquier otra nave o sobre los escollos o rocas. Así es en la vida.  Después de seis días de trabajo, de negocios, de preocupaciones, es necesario detenerse, ver si estamos o no sobre el camino justo, si estamos cumpliendo la finalidad de nuestra vida.  El medio ordinario, el más completo y, asimismo, para los creyentes lo más justo para cumplir todo esto es participar en la asamblea dominical, en la Misa.  Allí escuchamos la palabra de Jesús, recordamos su muerte y resurrección; comulgando damos una bocanada de oxígeno a nuestra fe.  La Misa dominical puede ser, y suele serlo, el momento de la incorporación por excelencia al pueblo de Dios, el momento en que nos reencontramos, se saluda en un clima de fiesta, en suma, se rompe el anonimato, que tanto deshumaniza la vida de hoy.

El Domingo es, un día para sí mismos.  En su sabiduría el Creador ha establecido que haya un día, en el que el hombre se reencuentre consigo mismo y con libertad.  Que tome conciencia que tiene un cuerpo que reparar, una mente que cultivar, una familia y unos amigos con los que estar.  El Domingo no es una especie de norma sobre el tiempo, que Dios impone a los hombres (“Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso en honor de Yahvé, tu Dios: Éxodo 20, 9); es un don concedido al hombre para defender lo que es más precioso en él:  Es necesario descubrir la belleza y la necesidad del reposo festivo.  La organización del trabajo y las necesidades de la familia, a veces, pueden justificar que se trabaje en Domingo.

El Domingo es un día para los demás.  Se puede pasar un Domingo aliviando un sufrimiento y llegar a la tarde plenamente satisfechos, enriquecidos.  En suma, haber pasado lo que se llama un “hermoso Domingo”. En efecto, no hay mayor alegría que la de sentirse útiles para alguien, la de hacer florecer una sonrisa sobre el rostro de quien por costumbre suele conocer sólo la tristeza.  Cada uno de nosotros tiene junto a sí necesidades y sufrimientos, que aliviar.

 

¡Que en verdad la alegría del Señor sea nuestra fuerza!

Y ¡buen Domingo de la Misericordia para todos!

EVANGELIO DEL DÍA

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