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MENSAJE DEL DIRECTOR

 

XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

“Quien quiera ser el primero…”

 

Dentro de nosotros hay escondida una fuerza análoga, que, nos empuja irresistiblemente hacia arriba, a sobresalir, a emerger por encima de los demás. Si pudiésemos representarnos visiblemente a la entera humanidad, así como ella debe aparecer ante los ojos de Dios, veríamos el espectáculo de una inmensa muchedumbre de gente, que se alza sobre la puntilla de los pies, que cada uno busca elevarse por encima del otro, empujando quizás al que está al lado, y a todos gritando:

“¡Estoy yo, estoy también yo en el mundo!” Tenemos miedo de pasar inadvertidos.

Hoy esta tendencia a “sobresalir” se ha acentuado y llega a ser como un delirio haciendo hacer las cosas más extrañas y absurdas para hacerse notar, posiblemente hasta en el mal y en el delito. También, cuando no se llega a estas formas extremas, aparecen, sin embargo, el arrivismo y la competitividad exasperada, que caracterizan a toda nuestra sociedad.  ¡Cuántas cosas se hacen para no ser menos que el vecino, el colega, la amiga!

Puede ser que los cristianos hayan interpretado tal vez mal el pensamiento de Jesús y hayan dado ocasión a este infra-entenderlo.  Pero, no es cierto esto lo que quiere decirnos el Evangelio.  “Quien quiera ser el primero..:”, por lo tanto, es hasta posible querer ser el primero, no está prohibido, no es pecado.  Con estas palabras, Jesús no sólo no prohíbe el deseo de querer ser el primero, sino que anima a ello.  Sólo que revela un camino nuevo y distinto para realizarlo: no a expensas de los demás.  Añade, en efecto, para ello:”… que sea el último de todos y el servidor de todos”.  El camino para subir hacia arriba ha llegado a ser ahora ir hacia abajo.  El último de la serie puede ser muy bien el primero; depende desde dónde se parta. Si el Evangelio nos llama a esta competición especial, en la que vence quien se hace el “último y siervo de todos”, busquemos entender bien en qué consiste el servicio, para podernos, al menos, encaminar por este camino o, al menos, reconocer a quien lo práctica.  Las palabras siervo y servicio (como pobreza, soledad) pueden tener dos sentidos: uno negativo y otro positivo.  Tomado en sentido pasivo, “siervo” revela a  uno, que no es libre, que está como dependiente y subordinado a los demás: todos ellos son significados negativo.  Tomado, por el contrario, en sentido activo, “siervo” indica a uno, que es servicial, que se pone a disposición, que se consume y se sacrifica voluntariamente por lo demás; denota, por lo tanto, de hecho, un amor, una disponibilidad, altruismo y generosidad.  Esto es exactamente lo que el Evangelio entiende por servicio. Nada tiene que ver con aquella fea cosa, que nosotros llamamos servilismo. El servicio del cristiano debe estar moldeado en el de Cristo.

 

EVANGELIO DEL DÍA

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