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MENSAJE DEL DIRECTOR

 

 

V domingo del tiempo ordinario

 

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

CURÓ A MUCHOS ENFERMOS

 

En esta ocasión, dedicamos nuestra reflexión al amor de Jesús por los enfermos y, más en general, a la experiencia de la enfermedad; también, porque de costumbre en este período del año tiene lugar la Jornada mundial del enfermo (precisamente el 11 de febrero, con la memoria de la Virgen de Lourdes).

El Evangelio habla de Jesús, que se preocupa de los enfermos. Junto al anuncio del Reino, el cuidado de los enfermos ocupa un puesto fijo en el mandato, que él da a sus discípulos. Jesús se muestra en verdad “médico de las almas y de los cuerpos”.  La Iglesia ha continuado esta misión de Cristo de dos modos: de un modo espiritual, orando por los enfermos y ungiéndolos con la unción de los enfermos; de un modo material y práctico, instituyendo hospitales, asilos y toda clase de fundaciones a favor de los enfermos. Las transformaciones sociales de nuestro siglo han cambiado profundamente la condición del enfermo.  La medicina ha llegado a ser capaz  de curar un gran número de enfermedades, que durante algún tiempo rápidamente llevaban a la muerte.  En muchas situaciones, la ciencia da una esperanza razonable de curación o, al menos, alarga con mucho los tiempo de la evolución del mal, en el caso de males incurables.  Asimismo, indirectamente, la medicina es un don de Dios, que le ha dado la inteligencia al hombre. Los enfermos ya no son más miembros pasivos en la Iglesia, sino los miembros más activos, más preciosos.  A los ojos de Dios, una hora de su sufrimiento, soportando con paciencia, puede valer más que todas las actividades del mundo, si son hechas sólo para sí mismos.  Todos nosotros, reconocemos que, al predicar la palabra de Dios, nos viene como una ayuda inestimable, para sostener nuestro compromiso bautismal, el ofrecimiento, que hacen de sí mismo tantas buenas personas enfermas.

La enfermedad ha hecho santos a muchos. San Ignacio de Loyola se convirtió a continuación de una herida, que le tuvo inmovilizado en cama durante mucho tiempo. Una pausa debida a la enfermedad es frecuentemente la ocasión para pararse, hacer como el punto y seguido a la propia vida, reencontrarse así mismo y aprender a distinguir las cosas que verdaderamente cuentan.Una cosa, que podemos hacer todos, para con los enfermos, es orar por ellos.  Casi todos los enfermos son curados en el Evangelio porque alguien les ha presentado a Jesús y ha rogado por él. La oración más sencilla, y que todos podemos hacer nuestra, es la que las hermanas Marta y María Magdalena dirigieron a Jesús con ocasión de la enfermedad de su hermano Lázaro: “Señor, aquel a quien tu quieres está enfermo” (Juan 11, 3).  No añadieron nada más. 

 

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